Campaigns and Elections México

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EL NEGOCIO DEL MIEDO. La herramienta de la que se nutre el populismo. Por: Yessica de la Madrid.

“El miedo no necesita gobierno: solo audiencia.”

El miedo se ha convertido en la arquitectura emocional predominante de la política contemporánea. En América Latina, una región atravesada por la desigualdad, la violencia, fragilidad institucional y volatilidad económica, el miedo opera como una institución: se administra, se comunica, se distribuye y se instrumentaliza. Este artículo examina cómo el miedo se construye, cómo se vive en el cuerpo social y cómo es utilizado por distintas generaciones, gobiernos y actores mediáticos. A través de ejemplos recientes de México, Brasil, Estados Unidos y Canadá, se demuestra que el miedo no solo condiciona percepciones sino que define comportamientos colectivos y electorales. Escribo esto desde la trinchera de la estrategia y la comunicación política. He visto el miedo en su estado más puro: como mecanismo de control, como herramienta de campaña, como excusa gubernamental y como producto mediático. No escribo desde la teoría distante, sino desde la experiencia de décadas acompañando procesos electorales, gobiernos, crisis, y grupos humanos que, sin darse cuenta, han aprendido a vivir bajo una pedagogía constante del temor. El miedo se respira, se hereda y se normaliza. Aunque parezca inevitable, no lo es. Y es precisamente por eso que este análisis existe.

EL MIEDO COMO INSTITUCIÓN CONTEMPORÁNEA

América Latina no se organiza alrededor de un proyecto común, sino alrededor de una amenaza común. El miedo es el marco donde se interpretan las decisiones cotidianas: dónde vivir, cómo moverse, a quién apoyar, qué consumir, a quién creer. Bauman lo planteó con claridad: la modernidad líquida privatiza el miedo, lo convierte en una responsabilidad individual aún cuándo sus causas son estructurales. En la región, este proceso se intensifica: el ciudadano vive en un entorno donde la inseguridad, la incertidumbre económica, la corrupción y la impunidad se mezclan hasta formar un ecosistema emocional permanente que se traduce en una emoción: EL MIEDO.

En este contexto, el miedo deja de ser una emoción: se convierte en un sistema. Funciona como un dispositivo que condiciona el comportamiento público. La política recurre al miedo para impulsar cambios, justificar omisiones o consolidar liderazgos, fortaleciendo una narrativa de contraste en donde siempre hay un otro al que debemos de acotar, excluir, alejar y temer. En el contraste, el miedo construye relaciones verticales: alguien advierte, alguien se protege, alguien obedece. En este esquema, el ciudadano deja de ser actor y se convierte en sujeto administrado por sus emociones. En este sentido, Foucault no se equivocó al afirmar que el poder opera no sólo con instituciones, sino con percepciones del peligro.

EL CONTINENTE AMERICANO: UN LABORATORIO DEL MIEDO

México vive bajo el miedo a la violencia; Brasil bajo el miedo al colapso institucional; Estados Unidos bajo el miedo a perder el control; Canadá bajo el miedo a perder la estabilidad que lo define. Cada país ha convertido sus miedos en identidad. La región entera es un laboratorio donde se experimentan narrativas del pánico y se evalúa qué emociones movilizan más votos, más consumo y más obediencia. En este contexto, el miedo ya no es una respuesta. Es una estrategia continua.

EL MIEDO COMO LENGUAJE DEL PODER

En América Latina, el miedo no es una campaña política: es un idioma. Es una forma de comunicación aprendida, perfeccionada y normalizada por élites, gobiernos y oposiciones por igual. La amenaza se ha vuelto tan funcional para la clase política que, en muchos casos, ha sustituido al proyecto. Gobernar ya no significa construir un futuro, sino señalar como amenaza todo aquello que no favorece.

El miedo funciona porque simplifica. Recorta la complejidad, elimina los matices y transforma cualquier discusión en una urgencia emocional. Allí donde debería haber deliberación, aparece la alerta. Allí donde debería haber política, aparece el instinto. Foucault anticipó este fenómeno al afirmar que el poder opera a través de la internalización del peligro, y ante el peligro, se instala la sensación de riesgo inminente en la población.

En México, durante los últimos años, la conversación pública ha sido guiada por la lógica del miedo: miedo al crimen organizado, miedo a la policía, miedo a la polarización, miedo al fraude, miedo a la militarización, miedo al otro (cualquiera que ese “otro” sea según el actor que narra la historia). La gramática es idéntica: “Estamos al borde del colapso.” “El país está en riesgo.” “Nada había sido tan grave como ahora.”

En Brasil, el miedo se ha convertido en herramienta identitaria. Las campañas políticas recurren a narrativas apocalípticas que posicionan a un sector de la población como salvador moral frente a otro percibido como amenaza existencial. El miedo se mezcla con religión, con nostalgia, con resentimiento. No es casualidad: el miedo cohesiona a una parte de la población y la moviliza.

En Estados Unidos, el miedo ha sido moldeado como industria desde hace más de dos décadas. Terrorismo, inmigración, crisis económica, armas, salud pública: cada uno de estos temas se ha transformado en el combustible político capaz de moldear votaciones, percepciones y alineamientos ideológicos.

MEDIOS, REDES Y LA ECONOMÍA DEL PÁNICO

El miedo, por sí solo, no se difunde. Necesita infraestructura. Y en el siglo XXI, esa infraestructura se llama: economías de la atención, es decir, publicidad: medios tradicionales, plataformas digitales y algoritmos. Shoshana Zuboff lo formuló con claridad: vivimos en un capitalismo de vigilancia donde los datos no solo se recogen, sino que se explotan para moldear comportamientos. El miedo, en este contexto, es un recurso valioso porque genera interacción, consumo y permanencia. Los algoritmos no distinguen entre contenido veraz y contenido alarmante: solo entre lo que retiene y lo que se ignora.

Por eso, un video de violencia tendrá más alcance que un informe técnico; una alerta falsa circulará más rápido que una confirmación oficial; un rumor podrá ser más influyente que una estadística. El miedo se ha vuelto un producto optimizado para las plataformas y los algoritmos. Cada clic, cada reacción, cada pausa del usuario es interpretada como dato emocional.

Los medios tradicionales tampoco han sido ajenos a esta práctica, es más, han sido los precursores de lo que vivimos. Durante décadas, construyeron audiencias a través de la alarma: “Extra!!!”, “Última hora”; “Noticia en desarrollo”; “Pánico en…”; “Crisis en…”. El negocio era simple: la gente que teme, mira; la gente que mira, compra; la gente que compra, sostiene el modelo.

En México, bastan dos notas sobre violencia en un mismo municipio para alterar rutinas enteras de movilidad. En Colombia, ciertos titulares sobre seguridad urbana han demostrado correlación directa con decisiones de voto. En Chile, durante el estallido social, la circulación de imágenes de violencia logró amplificar la percepción de caos más allá de los hechos verificados. No es coincidencia: es arquitectura emocional.

EL POPULISMO DEL MIEDO

El populismo necesita enemigos para sobrevivir. Y el miedo ofrece enemigos infinitos. El populismo (de izquierda, derecha, autoritario, progresista, nacionalista o religioso) utiliza el miedo como matriz de identidad. Divide el mundo en dos: los buenos y los malos, los patriotas y los traidores, los puros y los corruptos, los protegidos y los peligrosos.

En México, el populismo ha recurrido a narrativas donde el miedo no solo define conflictos políticos, sino también conflictos morales. En Brasil, el miedo se fusionó con el discurso religioso hasta convertir las elecciones en una batalla espiritual. En Estados Unidos, el populismo de derecha y de izquierda se ha alimentado del miedo al otro: el migrante, el globalista, el sistema, el Estado profundo, el votante contrario.

En Canadá, aunque el populismo es menos visible, el temor a perder estabilidad ha sido utilizado por distintos actores para justificar posiciones antiinmigrantes o para amplificar discursos sobre el deterioro del Estado social. El miedo, aun cuando se exprese de forma moderada, cumple la misma función: cohesionarse a través de la amenaza.

El miedo es el cemento emocional del populismo porque transforma la política en una lucha moral. Y cuando la política se transforma en moral, deja de haber adversarios: solo enemigos. En ese marco, cualquier acción es justificable si sirve para enfrentar la amenaza. El miedo exonera. El miedo absuelve. El miedo moviliza. El miedo gana elecciones.

LA ADVERTENCIA

El miedo normalizado deja de ser síntoma y se convierte en estructura. Cuando una sociedad acepta al miedo como su estado natural, la democracia pierde su capacidad transformadora. La ciudadanía deja de exigir y se limita a sobrevivir. Y una ciudadanía que sobrevive no piensa, no cuestiona, no debate, no imagina.

El peligro más grande no es el miedo, sino su administración estratégica. El miedo fabricado, amplificado o manipulado sustituye la acción por la alerta, la razón por la urgencia, la responsabilidad por la obediencia. Mientras la amenaza permanezca en el aire, el liderazgo ya no necesita rendir cuentas: solo necesita señalar al “enemigo”.

Cuando un pueblo entrega su libertad a cambio de protección, termina perdiendo ambas. La historia de América Latina es prueba fehaciente de ello. Gobiernos, partidos y élites han utilizado el miedo para justificar lo injustificable, para movilizar lo inamovible, para dividir lo indivisible. El miedo polariza sin esfuerzo: no requiere argumentos, solo sospechas. La advertencia es clara: si el miedo sigue siendo la brújula emocional de la región, el futuro será administrado no por líderes visionarios, sino por gestores del pánico. 

LA ESPERANZA 

En este desastroso escenario aún queda una salida: reconocer que el miedo se debilita cuando lo nombramos, cuando entendemos cómo opera, cuando dejamos de confundirlo con destino. Una ciudadanía que comprende el mecanismo deja de ser su rehén. El miedo, aunque parezca sólido, tiene un punto frágil: no soporta la lucidez. Y una ciudadanía lúcida es la peor amenaza para quienes han hecho del pánico una forma de autoridad. Y eso es, hoy, lo más urgente: aprender a distinguir cuándo el poder nos invita a pensar y cuándo solo nos exige temer; cuándo nos convoca como sociedad y cuándo nos reduce a auditorio. 

La tarea no es eliminar el miedo (eso sería ingenuo), sino desactivar a quienes dependen de él para sostenerse. El miedo seguirá existiendo; lo que no puede, es seguir siendo la herramienta más rentable de comunicación. Y ese negocio se rompe cuando la ciudadanía deja de premiar a los líderes que solo saben gobernar desde la alarma.

El futuro de América Latina dependerá, finalmente, de algo más sencillo y más profundo que cualquier reforma: apelar al sentido común, elegir la inteligencia por encima del sobresalto, la duda por encima del dogma y la conversación por encima del conflicto fabricado.

Si lo conseguimos, el miedo volverá a ocupar su lugar natural: un reflejo humano, no un instrumento de manipulación.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, podremos imaginar un mañana que no inicie con una advertencia, sino con una posibilidad. Un mañana donde la brújula ya no sea el temor, sino aquello que incluso el miedo nunca pudo apagar: la capacidad de imaginar lo que todavía podemos construir juntos.

REFERENCIAS

Bauman, Z. Liquid Fear. 2006.

Foucault, M. Vigilar y castigar. 1975.

Han, B.-C. La sociedad del cansancio. 2012.

Zuboff, S. The Age of Surveillance Capitalism. 2019.

Nussbaum, M. Political Emotions. 2013.

Castells, M. Communication Power. 2009.

Dammert, L., & Malone, M. Fear and Crime in Latin America. 2016.