
Uno de los elogios más repetidos para las voces trumpistas es el que les atribuye un lenguaje directo que apunta, «sin complejos», a la supuesta verdad de las cosas. «Señor Trump, nosotros tenemos esto en común: decimos la verdad, llamamos a las cosas por su nombre», le decía en 2018 el belga Mischaël Modrikamen, introductor de Steve Bannon entre los partidos euroescépticos.
A estas alturas resulta francamente difícil sugerir que el presidente estadounidense —cuyo discurso logorreico muestra la sintaxis y el vocabulario de un hablante de ocho años— pueda ser un ejemplo de exactitud en las palabras. Pero cabe pensar que su éxito es síntoma de un rasgo más general de nuestra esfera pública, que consiste en el alejamiento de esa exactitud. En este texto revisamos otros tres síntomas cuyo impacto condiciona nuestra interpretación diaria de la realidad en que vivimos.
El blanqueamiento de la «polarización» y la falacia de la batalla por el relato
El primer síntoma del desenfoque generalizado del discurso público nos lo proporcionan los usos y abusos del término «polarización». El recurso de la prensa a este término se incrementa notablemente desde 2016 y es en 2023 cuando supera a su competidor directo, «crispación».
Como he señalado en otras ocasiones, la idea de polarización resulta engañosa en la medida en que no describe un proceso simétrico, en el que ambos polos participen igual; por el contrario, son los discursos conservadores y ultraconservadores los que, tanto en nuestro país como en los demás, arrastran el lenguaje a sus extremos, especialmente a los de polaridad negativa. La bibliografía especializada, tanto la estrictamente lingüística como la procedente del análisis político y sociológico, lleva más de una década subrayando que el populismo reaccionario se apoya en el recurso a la exageración y la simplificación discursiva, así como a la excitación de las bajas pasiones. La identificación de presuntas amenazas, el señalamiento de sus presuntos culpables y la designación de un líder salvador constituyen el triángulo narrativo que subyace a estos discursos, los cuales casi nunca son argumentativos (rechazan, de hecho, los discursos de datos), ni dialógicos. Designar como «polarización» los hábitos verbales de uno de los polos supone diluir su responsabilidad respecto a la atmósfera negativa, visceral e irracional que tales hábitos implantan en la esfera pública.
El segundo de los tópicos discursivos que evidencia una percepción borrosa de cómo funciona el discurso se refiere a la idea de «batalla por el relato», que los medios describen a propósito de líderes o partidos. Pretender que las cosas no son lo que son no constituye una batalla de relatos, sino una oposición entre realidad y falsedad; si un discurso nombra lo que ocurre («el cambio climático está modificando los patrones de temperatura», «la regularización de inmigrantes no supone la nacionalidad»), y otro lo falsea («las olas de frío polar desmienten el calentamiento global», «la regularización de inmigrantes es para que voten a Sánchez»), parece apropiado pensar que no estamos ante dos relatos, pues este término introduce matices de ficción y subjetividad que no son pertinentes cuando describimos la realidad. Tachar de relato cualquier propuesta descriptiva supone un desprecio por el valor veritativo del discurso que se alinea con la falacia de performatividad, según la cual el lenguaje crea realidades mediante la simple elección de unas u otras palabras. Pero esto, sencillamente, no es cierto. La idea, qué duda cabe, tiene un atractivo estético considerable, pues nos da poderes mágicos en cada acto de habla, pero no responde al funcionamiento del lenguaje.

En la reflexión filosófica y metalingüística podemos plantear si todo acto de habla es solo un acto de subjetividad; pero el uso normal del lenguaje —el propio del discurso público— se apoya en un acuerdo intersubjetivo de base sin el cual no sería posible ninguna comunicación. El lenguaje, en definitiva, no crea realidades sino interpretaciones; y si estas se ajustan a la verdad, no pueden considerarse meros «relatos», pues con ello no solo se iguala el valor público de los discursos verdaderos y falsos, sino que se da total legitimidad a los liderazgos que se apoyan en el fraude y la mentira. Una legitimación que, con la contribución de la inteligencia artificial generativa, facilita imperceptiblemente el desplazamiento de la posverdad —aquella idea de Steve Tesich según la cual los ciudadanos prefieren que les mientan— en favor de la posrealidad.
¿Debe la izquierda copiar la estrategia emocional del populismo?
Sin duda, reducir el lenguaje a una nomenclatura o reducir el discurso a un relato autocontenido, independiente de la realidad, obedece al «giro lingüístico» que la posmodernidad trasladó a las ciencias sociales. A este fenómeno se suma desde los años noventa del siglo XX el llamado «giro afectivo», que nos lleva a un tercer desenfoque frecuente en el discurso público. Se trata del tópico que, ante el éxito afectivo de los populismos reaccionarios —en lo sentimental, pathos, y en lo moralista, ethos—, reclama un discurso igualmente afectivo para el discurso democrático progresista. Por supuesto, se trata de una posición explicable, orientada a usar las mismas herramientas que se revelan efectivas en gran parte de la esfera pública. Y sin duda esta ha descuidado los horizontes de afectividad positiva que ofrecen las utopías sociales. Pero esta reivindicación olvida varias cosas.
La racionalidad como emoción: un antídoto frente al ruido reaccionario
La tercera cosa que olvida esta propuesta es que la dimensión afectiva de los textos es más poderosa y duradera si deriva de su racionalidad: el argumento racional —incluso su innegable belleza— también puede lograr la persuasión. Aunque, obviamente, esto requiere mayor complejidad discursiva. Requiere cuidar el lenguaje, elaborar retóricas, entender cómo procesan las personas el discurso público; ser proactivo, en lugar de ceder la esfera comunicativa a la desinformación de las emisoras y panfletos reaccionarios; dedicar esfuerzo a construir comunidad con el discurso, salir al paso de la ciudadanía e interpelarla asumiendo sus códigos y formatos, fusionar eficazmente información y comunicación. La convicción racional exige, en suma, abandonar los prejuicios resignados sobre la preferencia emocional y/o irracional del ser humano, y priorizar la racionalidad aristotélica frente al idealismo platónico. Quizás lo auténticamente revolucionario sea empezar a tratar a la ciudadanía —desde la escuela, huelga decirlo— como sujeto racional, argumentativo, capaz de extraer conclusiones más allá del eslogan y la consigna.
En definitiva, la «polarización», la «batalla por el relato», o la necesidad de más emociones son solo tres síntomas de un enorme desenfoque que, como una lente distorsionadora, filtra el discurso público, favoreciendo la irracionalidad de los (tecno)populismos reaccionarios. Ante ellos, prestar atención a cómo se nombra y desde dónde se habla puede convertirse en un acto de resistencia.
Beatriz Gallardo Paúls
Catedrática de Lingüística en la Universitat de València
Experta en análisis del discurso desde enfoques cognitivistas. Autora de ‘Tiempos de hipérbole. Inestabilidad e interferencias en el discurso político’ (Ed. Tirant lo Blanch).

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