Gustavo Petro y la degradación del poder en tiempo real - Campaigns and Elections México

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Gustavo Petro y la degradación del poder en tiempo real

En política digital, los errores aislados existen. Los patrones, en cambio, delatan. Y Gustavo Petro hace tiempo dejó de ser un político que a veces se equivoca en redes: se convirtió en un presidente que publica sin verificar, amplifica sin medir consecuencias y borra cuando el daño ya está hecho.

El video falso que compartió sobre Daniel Noboa no es una anécdota. Es una radiografía. No revela un accidente, revela un método. Un método peligroso, porque ya no opera desde la cuenta de un dirigente opositor ni desde la ansiedad del candidato permanente: opera desde la Presidencia de Colombia. Y cuando la mentira, la manipulación o la falsedad salen desde la voz presidencial, dejan de ser un problema de redes. Se convierten en un problema de Estado.

Aquí no está en discusión si Petro tiene derecho a confrontar. Lo tiene. No está en discusión si puede ser duro, ideológico, incómodo o polarizante. Puede serlo. Lo que no puede hacer, una y otra vez, es secuestrar la autoridad del cargo para ponerla al servicio de contenidos falsos, adulterados o no verificados. Porque cuando un presidente reemplaza el criterio por el impulso, la conversación pública se intoxica, la investidura se vacía y la verdad empieza a perder valor político.

Ese es el punto de fondo: Petro no ha cometido un error. Ha consolidado una conducta.Desde la estrategia digital, el patrón es brutalmente claro. Primero aparece una pieza útil para su narrativa. Después la comparte con la potencia institucional de la Presidencia. Luego llegan el desmentido, la verificación, el ridículo o el borrado. Y al final queda flotando una idea falsa que ya hizo su trabajo. Ese es el mecanismo. 

No informar: impactar. No comprobar: instalar. No corregir: seguir.

Basta mirar algunos de los casos más virales para entender la magnitud del problema.

En 2018 felicitó a un supuesto joven boyacense que, según dijo, iría a unas olimpiadas de física cuántica. La foto era la del actor porno español Jordi “el Niño Polla”. En ese momento dio risa. Hoy, visto a la distancia, da contexto. Porque ahí ya estaba el vicio original: publicar antes de verificar.

En 2023 difundió fotografías de hospitales venezolanos como si fueran prueba del colapso del sistema de salud en Antioquia. Ya no era una torpeza pintoresca. Era material falso usado para endurecer una discusión de política pública.

Ese mismo año anunció que los niños perdidos en la selva del Guaviare habían sido encontrados con vida antes de que las autoridades lo confirmaran. El país entero respiró una esperanza que no existía todavía. Después vino el desmentido. Pocas cosas describen mejor la irresponsabilidad de una comunicación sin control: invadir el dolor colectivo con información no confirmada.

En 2025 la degradación dio un salto tecnológico. Petro difundió la imagen de un supuesto narcosubmarino con misiles que luego fue desmontada como una manipulación hecha con inteligencia artificial. Ya no se trataba solo de caer en una cuenta falsa o de usar una imagen fuera de contexto. Se trataba de amplificar fabricación digital con apariencia de realidad.

Y el episodio con el Presidente Daniel Noboa es todavía más grave porque cruza otra frontera. No solo es un contenido falso. Es una pieza falsa con estética periodística, apariencia de noticiero y capacidad de tensión diplomática. Es decir: desinformación empaquetada como verdad televisiva y empujada desde la cuenta de un jefe de Estado. Ahí ya no estamos hablando de torpeza digital. Estamos hablando de un presidente que juega con fuego institucional.

Eso es lo verdaderamente alarmante. No la falsedad en sí misma, sino la naturalidad con la que se la incorpora al ejercicio del poder. Petro publica como si la Presidencia fuera una extensión emocional de su cuenta personal. Como si el cargo no obligara a elevar el estándar, sino apenas a amplificar el volumen. Como si el poder no exigiera más rigor, sino apenas más alcance.

Y no. El poder exige exactamente lo contrario.

Un ciudadano cualquiera puede dejarse arrastrar por la velocidad de las redes. Un presidente no. Un usuario más puede equivocarse por ingenuidad. Un jefe de Estado no puede vivir instalado en la lógica del “publico y después veo”. Porque un presidente no solo comunica: valida, jerarquiza, arrastra, legitima. Su palabra no circula sola. Circula con el peso del Estado encima.

Por eso lo de Petro no es un problema de estilo. Es un problema de criterio. Y también de límite. Porque cada vez que comparte una falsedad, no solo se deteriora la conversación pública: se rebaja la estatura de la Presidencia. Se achica la autoridad institucional. Se banaliza el cargo. Se degrada el lenguaje del poder.

Y eso, en América Latina, nunca es un detalle menor.

Lo digo también desde un lugar personal. Como venezolana, Colombia no me es ajena. No me separa de ella ni la historia ni la herida compartida de una región que ha visto demasiadas veces cómo la estridencia suplanta al Estado, cómo la propaganda intenta imponerse sobre los hechos y cómo la palabra pública pierde densidad hasta convertirse en puro ruido. Tal vez por eso me alarma tanto este deterioro. Porque sé que la degradación del lenguaje político nunca llega sola: arrastra instituciones, contamina el debate y termina erosionando la confianza democrática.

Pronto Colombia volverá a las urnas. Y ese momento debería servir para mucho más que decidir un relevo. Debería servir para preguntarse qué clase de liderazgo merece una democracia seria. Mi convicción, sin importar la bandera ideológica, es simple: Colombia merece un presidente que le devuelva altura a la investidura. Alguien que entienda que gobernar no es incendiar el algoritmo, que la diplomacia no puede pisotearse por impulsos de redes y que la verdad no es un adorno opcional del poder.

Porque una democracia puede sobrevivir a la polarización. Puede sobrevivir incluso a un mal gobierno.

Lo que no puede normalizar es que la mentira se vuelva costumbre desde la Presidencia.