Memorias para que no nos capen dos veces. Por: Luis Duque - Campaigns and Elections México

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Por: Luis Duque.

No voy a votar por Iván Cepeda.

No por miedo, ni por rabia, ni por un video apocalíptico hecho con Inteligencia Artificial y compartido por WhatsApp. No voy a votar por él porque representa la continuidad de un gobierno que prometió redimir a Colombia y terminó convertido en una larga fila de explicaciones.

El primer problema es que el relato moral se rompió.

Petro llegó diciendo que eran distintos. Pero aparecieron los audios de Armando Benedetti, los “15 mil millones” que había conseguido, las amenazas y esa cocina de campaña donde el cambio empezó a oler a lo mismo de siempre, solo que con mejor retórica. 

Después llegó Nicolás Petro: hijo presidencial “no criado”, investigado, dineros del Caribe, el “Hombre Marlboro”, lujos, versiones sobre campaña y superioridad moral estrellada contra el expediente. La corrupción indigna; la hipocresía agota.

Luego vino la Casa de Nariño como novela negra: Laura Sarabia, la maleta, el robo millonario, la niñera, el polígrafo a la niñera, las chuzadas y el suicidio del coronel Óscar Dávila. Eso no fue cambio. Fue realismo mágico con escoltas.

A eso se sumó la UNGRD: Olmedo López, Sneyder Pinilla, carrotanques, La Guajira, agua para comunidades vulnerables convertida en símbolo de corrupción, y nombres del Gobierno orbitando la trama. Cuando el símbolo es el agua de niños pobres, el cinismo llega con sirena, contrato y escolta.

También está la legitimidad de origen: CNE, topes, los aportes de Fecode, de la USO, de Euclides Torres y de Papá Pitufo, Ricardo Roa y Ecopetrol. Aún no todo tiene condena. Pero cuando una campaña que prometió limpiar la democracia termina explicando facturas, aportes, tarimas, testigos y financiadores grises, la pregunta deja de ser jurídica y se vuelve política.

El segundo problema es la seguridad.

La Paz Total prometió apagar incendios y terminó entregando extinguidores a pirómanos con vocería política. Paz Total con secuestro, extorsión, ELN negociando y atacando, disidencias creciendo, el Catatumbo convertido en crisis humanitaria, los 31 ataques terroristas en Cauca y Valle en un solo fin de semana, y la caravana de la UNP protegiendo a alias Calarcá: camionetas, escoltas, armas y computadores alrededor de un jefe disidente: el Estado haciendo de Uber institucional para quienes deberían temerle a la autoridad.

También está el tarimazo de Medellín: Petro en La Alpujarra compartiendo escena con condenados y cabecillas criminales, mientras Daniel Quintero e Isabel Zuleta orbitaban el acto como si fuera pedagogía de paz y no una postal de degradación institucional. Una cosa es buscar sometimiento; otra, convertir delincuentes en escenografía de poder.

Y está Miguel Uribe Turbay. No voy a convertir su asesinato en una acusación ligera, porque los muertos no se usan como volante de campaña. Pero tampoco voy a fingir normalidad: la Fiscalía habla de magnicidio, de determinadores criminales y de una línea que conecta el crimen con la persecución histórica contra la familia Turbay. Y cuando en Colombia empieza a circular la hipótesis de “crimen de Estado”, aunque sea como pregunta, ya no estamos ante un hecho de inseguridad: estamos ante una democracia mirando al abismo.

El tercer problema es la salud.

Nos prometieron derechos y el país terminó con Sanitas intervenida, Nueva EPS intervenida, Fomag en caos, medicamentos escasos, pacientes tutelando, Kevin Acosta y Cecilia Quintero como símbolos de un sistema que mató a sus pacientes y familias que dejaron de discutir ideología porque estaban buscando una droga. Cuando la salud falla, el discurso no cura.

El cuarto problema es la diplomacia convertida en berrinche.

Petro peleó de madrugada con Trump y Colombia amaneció con exportadores rezando, importadores sudando frío y diplomáticos buscando cómo apagar el incendio. Trump amenazó con aranceles. Petro trinó. El país tembló. Y al final Colombia aceptó. Nos prometieron soberanía; nos entregaron berrinche desde X.

Luego, en Nueva York, Petro llamó a soldados estadounidenses a desobedecer a Trump. Eso no fue geopolítica: fue prender un fósforo en una gasolinera y llamarlo iluminación democrática. Después vino la visa revocada y la frase de macho herido: “no necesito visa”. Nadie necesita visa hasta que necesita entrar.

El quinto problema es la incoherencia entre discurso popular y privilegio.

Verónica Alcocer, el séquito, los viajes, el fotógrafo, el estilista, Nerú, los contratos y los masajes volvieron el “vivir sabroso” una operación logística con factura pública. Francia Márquez dejó su propio retrato con el “pues de malas” y el helicóptero a Dapa: el poder quitándose la máscara y diciendo “ya llegué, ya me subí, ahora cállense”. El Ministerio de Igualdad tuvo más ceremonia que resultados.

Y al lado del poder aparecieron otros símbolos incómodos: Juliana Guerrero, sus títulos cuestionados y su imputación; Vanessa Cortés Carmona, la nueva pareja del “inolvidable en la cama” y su crecimiento patrimonial reportado por medios; los asesores catalanes, con nacionalizaciones exprés, cercanía presidencial y contratos. No se trata de convertir cada pregunta en sentencia. Se trata de no apagar la alarma cuando alrededor del poder florecen carreras, fortunas y accesos inexplicables.

El sexto problema es el desgobierno.

Perdimos los Panamericanos de Barranquilla por no pagar a tiempo. Se agitó una Constituyente cada vez que Congreso, Cortes y órganos de control no obedecían. Se habló de importar gas natural desde Venezuela vía PDVSA mientras se cerraban puertas a la exploración local. Ecologismo con acento chavista: no producir aquí por virtud, pero comprar allá por negocios particulares.

Y el gabinete fue una puerta giratoria: más de setenta ministros entre titulares y encargados. Ocampo fuera. Gaviria fuera. Cecilia López fuera. Corcho fuera. Leyva fuera. Velasco en la cárcel. Y Bonilla pasó varias noches tras las rejas. Un gobierno no puede vivir cambiando piezas y luego culpar al tablero.

Las cartas de Álvaro Leyva merecen capítulo propio. No fue un opositor con espuma en la boca. Es su excanciller. Alguien que estuvo adentro y salió hablando de Petro, Sarabia, Benedetti, supuestos problemas personales y conducción presidencial. Cuando el incendio empieza en la cocina, no se apaga diciendo que es humo de la derecha.

No quiero otra temporada del gobierno que primero incendia y luego denuncia humo. No quiero otra administración donde la indignación sea más eficiente que la ejecución, ni otra élite disfrazada de pueblo regañando al pueblo desde helicópteros, embajadas, contratos, trinos, masajes, espadas, banderas, cartas y alocuciones.

No hace falta enumerar todos los nombres, todas las crisis, todos los escándalos, todas las investigaciones ni todas las vergüenzas. La memoria política no necesita repasar cada expediente; basta con reconocer el patrón. Y el patrón está ahí: audios, carrotanques, niñeras interrogadas, hijos investigados, ministros presos o salpicados, operadores reciclados, diplomacia enguayabada, salud en angustia, territorios tomados, contratos raros, cartas de excancilleres, privilegios disfrazados de pueblo y excusas infinitas.

No digo que cada episodio sea delito. No digo que cada investigación sea condena. No digo que cada polémica sea corrupción. Digo algo más simple y más grave: la suma ya no parece accidente. Parece modus operandi.

Y cuando una forma de gobernar acumula tanta arrogancia, tanta improvisación, tanta opacidad y tanta explicación tardía, votar por la continuidad deja de ser esperanza. Es reincidencia.

Estas son memorias, no nostalgias. Memorias para que no nos capen dos veces. Porque la primera vez pudieron venderlo como cambio, ilusión o ingenuidad. La segunda ya no tendrá excusa.

Al que vote por repetirlo estará entregando el país, con firma y cédula, para que vuelvan a pasarle el bisturí por sus propias criadillas.