Lula remonta y Vučić cae. Las dos victorias se explican por lo mismo: llevar a votar a quien no iba a hacerlo. Las dos dejan pendiente lo más difícil: gobernar frente a un poder que no se ha ido

Por Eduardo Bayón – InfoPolítica
Brasil y Serbia votaron el mismo domingo, el 25 de octubre, y los dos resultados contienen una lectura conjunta, pese a las diferencias de los contextos particulares. En Brasil, Lula da Silva remontó una desventaja de 2,2 millones de votos y logró la azaña de derrotar a Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. En Serbia, una lista nacida de las protestas estudiantiles, que han protagonizado la vida del país balcánico durante los últimos dos años, ganó por mayoría absoluta y puso fin a catorce años de poder de Aleksandar Vučić y su partido.
Se podría poner el foco en la derrota del populismo de derechas por partida doble en el mismo día. En cambio, lo relevante de las dos victorias no es tanto la ideología, que también, sino sobre todo el mecanismo. En ambos comicios la victoria la logró quien consiguió que votara gente que no iba a votar.
Brasil: la remontada que ninguna encuesta vio
Lula ganó con el 51,8% de los votos válidos emitidos frente al 48,2% de Bolsonaro hijo. En términos absolutos, cerca de 4,5 millones de votos de distancia. Tan solo tres semanas antes, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el candidato ultraderechista había logrado ser el primero, con el 47,03% frente al 45,16%. Es también una cuestión relevante, ya que es la primera vez desde que Brasil recuperó la democracia, en 1985, que quien queda segundo en la primera vuelta es capaz de revertir el resultado y lograr la victoria definitiva.
Hay otro elemento relevante en el resultado. Las encuestas no lo vieron venir. El último Datafolha, publicado el día antes, otorgaba a Bolsonaro el 51% de los sufragios. Parecía tener cierta lógica, ya que los candidatos eliminados en la primera vuelta eran de derechas o de centroderecha, y casi la mitad de sus votantes se inclinaba por el candidato ultraderechista.
La remontada se construyó sobre tres ejes. El primero fue la participación, con una abstención que cayó del 21,08% al 19,2%, cuando lo habitual en Brasil es que aumente en la segunda vuelta. Además, en el Nordeste quedó por debajo de la media nacional. El segundo fue llevar, precisamente, el Nordeste al máximo: Lula logró imponerse en los nueve estados de la región, con el 69,3% de los votos. El tercero fue recuperar el Sudeste. En este sentido, São Paulo fue donde Lula sumó más votos nuevos, aunque perdió el estado, y Minas Gerais fue el único que cambió de bando entre ambas vueltas. Se puede afirmar a estas alturas que la remontada vino menos de la persuasión que de la movilización. No fue tanto convencer al votante de centroderecha como ir a buscar al electorado progresista que se había quedado en casa en la primera vuelta.
Buena parte de esa movilización fue digital. La noche de la primera vuelta, el diputado André Janones, el mismo que en 2022 ya había plantado cara a la maquinaria digital de Bolsonaro padre, abrió en WhatsApp un canal llamado «Exército do Lula». Reunió a medio millón de inscritos en veinticuatro horas y superó los dos millones en tan solo tres días. Solo Janones publicaba, y cada día enviaba audios con «misiones» coordinadas para difundir diversos contenidos. La consigna de que cada miembro sumara a otros tres también dio resultado.
El objetivo nunca fue el votante bolsonarista. «No sirve de nada enseñar más escándalos del adversario», resumió Janones a falta de una semana. Si lo eran los más de 33 millones de brasileños que no habían votado en la primera vuelta y los indecisos que votan a la derecha por rechazo al PT y no por convicción. En resumen, la campaña que ganó no fue la que mejor argumentó, sino la que mejor organizó a los suyos para ir a buscar a los que faltaban.
Lula empezará su cuarto mandato el 5 de enero de 2027 y lo hará con el Congreso más escorado a la derecha desde la Constitución de 1988. El PL de Bolsonaro cuenta con 121 de los 513 diputados, la mayor bancada de un solo partido en ese periodo, frente a los 88 de la coalición que encabeza el PT. En el Senado, la distancia es mayor, con 28 senadores del PL frente a 9 del PT.

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