IA y Tecnología como herramienta de vigilancia o rebeldía.

Las protestas encabezadas por mujeres en Irán bajo la consigna “Mujer, Vida, Libertad” representan uno de los movimientos políticos y sociales más relevantes de la última década. Su origen inmediato fue la muerte de Mahsa Amini en 2022, tras ser detenida por la llamada “policía moral” por presuntamente incumplir las normas sobre el uso del hiyab conforme a las estrictas leyes del Estado. Lo que inició como una protesta social evolucionó rápidamente hacia un reclamo más profundo por dignidad, libertad y derechos civiles. No obstante, lo que verdaderamente está en juego es una disputa estructural por autonomía, ciudadanía y poder, en un contexto donde la tecnología y, de manera creciente la inteligencia artificial adquiere un lugar central.
Este fenómeno conversa directamente con lo que analicé en Vigilantes digitales en México: la transformación de la ciudadanía y los colectivos sociales en actores activos de vigilancia social, denuncia y construcción de agenda, utilizando herramientas digitales para desafiar narrativas oficiales y estructuras de poder. En Irán, no obstante, el conflicto entre el Estado y la sociedad civil ha escalado a un nuevo plano, donde las tecnologías digitales cumplen un papel profundamente ambiguo.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO SE UTILIZA ÚNICAMENTE PARA COMUNICAR, SINO PARA GOBERNAR COMPORTAMIENTOS. LA IA PERMITE AUTOMATIZAR LA VIGILANCIA, ESCALAR LA REPRESIÓN Y DESPERSONALIZAR EL COSTO POLÍTICO DEL CONTROL”
Por un lado, plataformas y redes sociales han permitido la difusión global de las demandas de las mujeres iraníes, empoderando narrativas que de otro modo quedarían bloqueadas por los medios estatales. Activistas dentro y fuera del país, incluidos colectivos en el exilio (como Nilufar Saberi), han utilizado el ecosistema digital para amplificar estas voces y situar la lucha de género iraní en la conversación global sobre democracia y derechos de la humanidad.
Empero, esas mismas tecnologías operan también como herramientas de vigilancia, control y represión estatal. Informes de la Misión Independiente de Investigación de la ONU sobre Irán, así como reportes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch, documentan el uso sistemático de tecnologías digitales para vigilar, identificar y sancionar a mujeres y manifestantes. Entre las prácticas señaladas destacan:
- Sistemas de reconocimiento facial apoyados en cámaras de videovigilancia para detectar a mujeres que no portan hiyab.
- Monitoreo de manifestaciones y restricciones a la movilidad de mujeres y jóvenes.
- Uso de drones y cámaras inteligentes en espacios públicos y universidades.
- Aplicaciones móviles como Nazer, que permiten reportar presuntas infracciones al código de vestimenta.
- Cortes deliberados de internet y redes móviles durante protestas para impedir la organización y la difusión de información.

Aquí, emerge un punto clave para la comunicación política contemporánea: la inteligencia artificial no se utiliza únicamente para comunicar, sino para gobernar comportamientos. La IA permite automatizar la vigilancia, escalar la represión y despersonalizar el costo político del control. No se trata solo de censura, sino de anticipación y persuasión algorítmica. Este contraste, entre tecnologías que empoderan y tecnologías que coaccionan plantea un desafío profundo: ya no importa únicamente qué se comunica, sino quién controla la infraestructura comunicativa y con qué fines.
Además, la incorporación de IA introduce una asimetría estructural. Mientras el Estado despliega algoritmos para identificar, clasificar y sancionar, los movimientos sociales operan con herramientas mucho más precarias: redes sociales, anonimato, creatividad narrativa y solidaridad transnacional. De ahí una advertencia estratégica central: la inteligencia artificial no es neutral en los conflictos políticos; tiende a favorecer a quien controla los datos, la infraestructura y la capacidad de coerción.
Frente a este aparato tecnológico de control, las mujeres iraníes han desarrollado estrategias de resistencia digital que resignifican la comunicación política. Campañas como #MyStealthyFreedom, la difusión de vídeos sin hiyab como acto simbólico de desafío y la circulación global de testimonios han convertido la comunicación digital en un vehículo de visibilidad y presión internacional. En este proceso, las víctimas se transforman en narradoras de sus propias historias, desbordando los límites de la censura estatal.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES NEUTRAL EN LOS CONFLICTOS POLÍTICOS TIENDE A FAVORECER A QUIEN CONTROLA LOS DATOS, LA INFRAESTRUCTURA Y LA CAPACIDAD DE COERCIÓN
De forma similar a lo ocurrido en México, donde colectivas feministas, periodistas y ciudadanía han utilizado redes sociales para documentar abusos, desapariciones y violencia institucional; en Irán se observa una lógica de vigilancia invertida: el poder es observado, documentado y expuesto por la ciudadanía. La protesta, por tanto, no es solo cultural ni simbólica. Es abiertamente política.
Figuras como Narges Mohammadi ilustran esta dimensión: su activismo y las represalias que ha enfrentado evidencian que el movimiento ha trascendido la discusión sobre el hiyab para convertirse en un cuestionamiento directo al sistema político e institucional que sostiene la discriminación de género y la represión de la disidencia mediante tecnologías de control. Así, las protestas de mujeres en Irán funcionan también como una crítica al autoritarismo estructural del régimen y como un llamado global por derechos civiles, igualdad de género y reformas profundas.
En este marco, el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” expone con claridad una tensión que atraviesa hoy a la comunicación política global: la disputa entre una lógica de legitimidad y participación ciudadana y otra orientada al control, la obediencia y la anticipación del desacuerdo. La tecnología y, en particular la inteligencia artificial no sustituye al poder político, pero sí lo reconfigura y lo amplifica. Los mismos entornos digitales que permiten visibilizar abusos y articular solidaridades transnacionales son utilizados por los Estados para vigilar, censurar y disciplinar conductas mediante sistemas algorítmicos y control de infraestructuras.
El caso iraní demuestra que la comunicación política ya no está monopolizada por actores institucionales. Las mujeres, lejos de ser únicamente sujetos afectadas, se posicionan como agentes políticos centrales, capaces de disputar la agenda pública incluso en contextos autoritarios. Al hacerlo, transforman el espacio digital en un campo de batalla simbólico y estratégico donde se define quién comunica, bajo qué condiciones y con qué costos.
Más que un fenómeno coyuntural, Irán funciona como un espejo extremo de tendencias globales. Las mismas lógicas de vigilancia digital y control algorítmico comienzan a manifestarse, con distintos grados de intensidad, en Europa, América Latina y otras regiones, incluso dentro de democracias formales. La diferencia no es tecnológica, sino política: los límites institucionales, los contrapesos democráticos y la capacidad ciudadana para disputar el uso del poder digital.

“Mujer, Vida, Libertad” no es solo una consigna ni un movimiento: es una advertencia. Nos recuerda que el campo de la comunicación política actual ya no se juega únicamente en campañas, discursos o medios tradicionales, sino en la arquitectura digital que define quién puede hablar, quién es observado y quién es silenciado. La inteligencia artificial no decide por sí misma, pero amplifica proyectos políticos: que pueden fortalecer la participación democrática o perfeccionar mecanismos de control.
Para quienes estudiamos la comunicación política en campañas, gobiernos y movimientos sociales, el desafío es inevitable. No basta con dominar plataformas ni optimizar mensajes. Es imprescindible incorporar perspectiva de género, derechos digitales y ciudadanía activa como ejes normativos del análisis y la práctica. De lo contrario, la tecnología dejará de ser una herramienta de mediación democrática para convertirse en una infraestructura de exclusión.
Incluso en la era algorítmica, la disputa sigue siendo una lucha profundamente humana: se trata de quién ejerce el poder, con qué límites y bajo qué legitimidad. Irán muestra el extremo. Europa y América Latina aún están a tiempo de decidir el rumbo.

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