Institucionalidad, economía y certezas.

Por Gabriela Avendaño
Colombia no votó con calma. Votó con hambre de calma.
La primera vuelta dejó a Abelardo de la Espriella con el 43,7% de los votos y a Iván Cepeda con el 40,9%. Entre ambos concentraron más del 84% de la votación y mandaron a la segunda vuelta a dos proyectos que hablan desde orillas opuestas: la izquierda que promete continuidad social y la derecha que promete orden. La participación llegó a cerca del 58% del censo, con más de 24 millones de votantes. No es un dato menor: Colombia no se quedó en casa; salió a votar su ansiedad.
La lectura fácil dirá que Colombia eligió extremos. La lectura de fondo es otra: Colombia no votó por extremos porque ame los extremos. Se refugió en ellos.
Unos buscaron protección en el Estado: derechos, reformas, presencia social, reparación. Otros buscaron protección en la autoridad: seguridad, castigo, control territorial, límites claros frente al crimen. Son dos lenguajes distintos para una misma necesidad: que alguien vuelva a cuidar el país.
El colombiano no está pidiendo un milagro. Está pidiendo normalidad.
Lo digo como venezolana, como estratega y como alguien que desde niña vio a Colombia cruzar la frontera en carne viva. En Venezuela convivimos durante décadas con familias colombianas que llegaron por trabajo, sí, pero también por la guerrilla, el narcotráfico, la extorsión, el desplazamiento y el miedo. La migración colombiana hacia Venezuela fue masiva y compleja: según la Cancillería colombiana, el DANE estimó que para 2005 había 3,37 millones de colombianos residiendo en el exterior, y Venezuela era el destino del 20% de ellos; ACNUR llegó a hablar de unos 200.000 refugiados colombianos en Venezuela.
Por eso hay algo que conviene decir con claridad: Petro no es Colombia. Ningún presidente agota el carácter de un país.
Colombia no es el trino rabioso, ni la sospecha permanente, ni la épica del resentimiento. Colombia es el comerciante que abre temprano, la madre que sostiene una casa, el migrante que empieza de cero, el campesino que produce entre amenazas, el joven que quiere futuro sin pedirle permiso a un caudillo. El gen colombiano no es el caos. Es la resistencia.
El péndulo no se mueve solo por ideología. Se mueve por abandono.
En 2022, muchos colombianos votaron por Gustavo Petro creyendo que el progresismo podía traer bienestar, dignidad y Estado a las regiones olvidadas. Esa esperanza existió y no debe ser ridiculizada. Pero el poder no se mide por la intención con la que llega, sino por la confianza que deja.
Y Petro dejó demasiada desconfianza.
El caso de Nicolás Petro golpeó la promesa ética del proyecto; la Fiscalía sostuvo que el hijo del presidente reconoció ingresos irregulares a la campaña de 2022. Luego vinieron el caso SarabiaBenedetti, con polígrafo, dinero perdido e interceptaciones ilegales; la sanción del Consejo Nacional Electoral a responsables financieros de la campaña Petro Presidente por violación de topes; el escándalo de la UNGRD, con los carrotanques de La Guajira como símbolo de corrupción; y una Presidencia que demasiadas veces pareció más una cuenta de X que una institución. Incluso hubo episodios de imágenes falsas o mal atribuidas usadas para defender la reforma a la salud.
No todos esos hechos comprometen penalmente al presidente. Pero políticamente componen un patrón: demasiada crisis, demasiada excusa, demasiado ruido.
Un país puede perdonar errores. Lo que no perdona es vivir en sobresalto.
La noche electoral añadió otra escena grave: Petro cuestionando el preconteo. Es cierto que el preconteo no es el escrutinio definitivo. Pero un presidente no es un ciudadano cualquiera opinando desde la rabia. Es el principal custodio simbólico de la confianza pública. Puede pedir garantías. Puede esperar el escrutinio. Lo que no puede hacer es sembrar sospechas sin pruebas suficientes cuando el país necesita serenidad.
Esa es la palabra que falta: serenidad.
La encuesta de Invamer previa a la elección ya mostraba el tamaño de la ansiedad nacional: 62,1% consideraba que la “paz total” iba por mal camino y 64,5% decía sentirse más inseguro con esa política. En otro corte, 60,3% creía que grupos armados podían presionar el voto. No estamos ante un simple cambio de humor electoral. Estamos ante una sociedad que siente que el Estado perdió control.
Por eso el dato de Paloma Valencia importa, pero no como chisme de campaña. En marzo ganó la consulta de centroderecha con más de 3,2 millones de votos; en primera vuelta quedó por debajo de 1,7 millones. No solo perdió una candidatura. Se desplazó una emoción. El votante dejó de buscar representación y empezó a buscar protección.
La moderación puede tener razón. Pero en tiempos de miedo, los extremos tienen megáfono.
Ahora bien: la derecha se equivoca si cree que este resultado es un cheque en blanco para la revancha. Colombia no necesita cambiar un caudillismo por otro. No necesita reemplazar la histeria de la izquierda por la furia de la derecha. Orden sin instituciones también es desorden.
Y la izquierda se equivoca si interpreta los votos de Cepeda como absolución. Más de nueve millones de colombianos siguen creyendo en una agenda social, sí. Pero eso no borra el desgaste de Petro ni la frustración de millones que no son ricos, ni uribistas, ni fascistas por pedir seguridad. Son ciudadanos cansados de tener miedo.
La segunda vuelta no será solo entre De la Espriella y Cepeda. Será entre dos formas de administrar la angustia. Cepeda representa la continuidad corregida del progresismo. De la Espriella representa la ruptura y la promesa de autoridad. Ambos hablan a heridas reales. Ambos deben ser obligados a responder con algo más que consignas.
Porque Colombia no necesita que la gobiernen desde la rabia. Necesita que la gobiernen desde la responsabilidad.
Un país normal no es un país sin diferencias. Es un país donde las diferencias no rompen la ley. Un país normal no es un país sin conflicto. Es un país donde el conflicto no se vuelve método de gobierno. Un país normal no es un país sin izquierda ni derecha. Es un país donde ninguna se cree dueña de la patria.
Ese fue el mensaje de la primera vuelta: Colombia está cansada de vivir al borde del próximo incendio.
El colombiano no pidió un salvador. Pidió instituciones que no tiemblen, economía que no se asuste y certezas para vivir. Pidió poder trabajar sin miedo, votar sin sospecha, producir sin sobresalto y reconocerse en un presidente que no convierta el poder en espectáculo.
Después de tanto ruido, esa es la verdadera revolución: volver a ser un país normal.

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