La izquierda perdió el monopolio del futuro - Campaigns and Elections México

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La izquierda perdió el monopolio del futuro

Durante años, la izquierda en América Latina construyó su fuerza alrededor de una promesa sencilla, representar a quienes habían quedado fuera, a los excluidos. Habló por los pobres, por los trabajadores, por los jóvenes sin destino, por las mujeres invisibles, por los pueblos históricamente tratados como nota al pie. Su argumento era moral antes que electoral, la democracia debía servir para corregir la desigualdad.

Ese relato todavía existe. Pero ya no basta.

Lo que está pasando en el continente americano no es la muerte de la izquierda. Es algo más incómodo, la izquierda está perdiendo en varios países porque dejó de ser la dueña de la esperanza y, sobre todo, porque dejó de ser la dueña de ese orden que le da certeza al pueblo.

Colombia y Perú son los dos avisos más recientes.

En Colombia, la derrota del progresismo no puede leerse como una desaparición social de la izquierda. Iván Cepeda obtuvo una votación histórica y perdió por un margen estrecho frente a Abelardo de la Espriella. El país no se volvió de derecha de un día para otro, ni dejo de anhelar la igualdad prometida por la izquierda. Colombia se partió en dos. Pero la derecha logró hacer algo que la izquierda no pudo, convirtió el malestar, la inseguridad y el cansancio institucional en una promesa simple de mando.

En Perú ocurrió algo parecido. El triunfo de Keiko Fujimori sobre Roberto Sánchez no expresa un país pacificado ni convencido. Expresa un país agotado. Perú no votó solamente ideología. Votó hartazgo. Votó miedo. Votó estabilidad, aunque esa estabilidad viniera envuelta en una memoria política profundamente controversial. La izquierda llegó competitiva, pero no logró resolver la pregunta que hoy define a buena parte del electorado latinoamericano, quién puede garantizar orden sin que la vida cotidiana siga desmoronándose.

Ese es el punto central.

La nueva derecha latinoamericana entendió que la elección ya no se gana únicamente prometiendo crecimiento, mercado o libertad. Se gana prometiendo control. Control de las calles. Control de las fronteras. Control del gasto. Control de la migración. Control de la delincuencia. Control del caos.

La izquierda, en cambio, quedó muchas veces atrapada en un lenguaje que explica demasiado y ordena demasiado poco. Habla de derechos, memoria, inclusión, redistribución y justicia social. Todo eso sigue siendo necesario. Pero en sociedades atravesadas por extorsión, crimen, inflación, desempleo, informalidad y frustración, la gente no siempre vota por quien mejor explica el origen del problema. Vota por quien parece capaz de detenerlo.

Ahí está Ecuador, donde Daniel Noboa derrotó al correísmo con una narrativa de seguridad en un país sacudido por la violencia criminal. Ahí está Bolivia, donde el agotamiento

económico y la fractura interna del MAS terminaron con un ciclo político que parecía interminable. Ahí está Argentina, donde Javier Milei convirtió la rabia contra “la casta” en un idioma emocional más potente que la defensa tradicional del Estado. Ahí está Chile, donde el péndulo también se movió hacia una derecha de tono duro, después del desgaste del progresismo.

La izquierda sudamericana no está perdiendo porque sus causas hayan dejado de importar. Está perdiendo porque sus adversarios lograron apropiarse de tres palabras que hoy pesan más que cualquier manifiesto, seguridad, autoridad y futuro.

Pero México es otra historia.

La izquierda mexicana no se parece del todo a la izquierda sudamericana. Morena no se presenta solamente como izquierda. Se presenta como pueblo, como continuidad histórica, como reparación moral, como soberanía nacional y como gobierno cercano. Su fuerza no depende únicamente de una plataforma ideológica; depende de una identidad política organizada todos los días.

Morena no comunica solamente en campaña. Comunica de forma sistemática. Repite, homologa, territorializa, baja mensaje, convierte programas sociales en experiencia cotidiana y transforma la política en una conversación permanente. Mientras buena parte de la oposición mexicana sigue intentando encontrar un candidato, Morena ya tiene una gramática completa, pueblo contra privilegio, soberanía contra injerencia, transformación contra regreso al pasado, bienestar contra abandono.

Por eso la oposición no le hace frente con eficacia. No porque no existan problemas. Los hay, y son graves; seguridad, servicios públicos, corrupción, violencia local, tensiones internas, desgaste de gobiernos municipales y estatales, contradicciones entre el discurso de austeridad y conductas de algunas élites políticas. Pero la oposición mexicana no ha logrado convertir esos problemas en una alternativa emocionalmente creíble, sobre todo cuando los principales liderazgos visibles adolecen de lo mismo que se critica.

La oposición se opone, pero no convoca. Denuncia, pero no organiza esperanza. Critica a Morena, pero no ha logrado explicarle al ciudadano qué país vendría después de Morena si votan distinto.

Esa es la diferencia con Sudamérica. En varios países del sur, la derecha logró convertirse en vehículo del enojo. En México, la oposición todavía no ha logrado convertirse en vehículo de nada suficientemente mayoritario.

Por irónico que parezca, el único resquicio de una narrativa opositora en México no viene de territorio nacional, viene de los Estados Unidos, y tiene cálculo electoral. La elección intermedia de Estados Unidos en 2026 y la elección intermedia mexicana de 2027 se cruzan en un punto delicado, la narrativa de seguridad.

Donald Trump necesita enemigos claros. Su política funciona mejor cuando puede simplificar el mundo en héroes, traidores, invasores y villanos. En ese guion, los cárteles mexicanos —particularmente el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación—se han convertido en los nuevos antagonistas de la película estadounidense. No son

solamente organizaciones criminales; en el lenguaje de Washington ya aparecen como amenaza terrorista, amenaza fronteriza, amenaza sanitaria, y amenaza civilizatoria.

Esa narrativa sirve hacia adentro de Estados Unidos. Ordena el miedo de los votantes. Une fentanilo, migración, frontera, violencia y soberanía en una sola imagen: México como origen del peligro. Para un trumpismo que gobierna por confrontación, los cárteles son funcionales porque permiten desplazar responsabilidades internas, consumo, armas, lavado de dinero, redes de distribución dentro de Estados Unidos, hacia un enemigo externo.

Pero esa narrativa no necesariamente descoloca a México. Al contrario, fortalece el argumento nacional de soberanía.

La razón es simple. En México, la defensa de la soberanía no es un tema abstracto ni de élites. Es una fibra histórica. Cuando desde Estados Unidos se amenaza con intervención, presión militar o decisiones unilaterales, el gobierno mexicano tiene una respuesta políticamente rentable; cooperación sí, subordinación no; inteligencia sí, invasión no; combate al crimen sí, tutela extranjera no.

Ahí la presidenta Claudia Sheinbaum tiene margen. Puede aceptar cooperación operativa y, al mismo tiempo, rechazar intervención. Puede endurecer acciones contra el crimen organizado y, al mismo tiempo, exigir corresponsabilidad estadounidense por el consumo de drogas, el tráfico de armas y el flujo financiero que sostiene a las redes criminales. Puede responderle a Trump sin romper con Estados Unidos. Esa combinación (firmeza pública y pragmatismo institucional) es políticamente más fuerte de lo que parece.

La oposición mexicana tiene un dilema. Si intenta usar la narrativa estadounidense contra Morena sin matices, corre el riesgo de aparecer alineada con la injerencia. Y en México, pocas cosas son tan peligrosas electoralmente como parecer más cómodo con Washington que con nuestro propio país.

Por eso el argumento de los cárteles puede lastimar, tensar, incomodar y abrir flancos. Pero no necesariamente desplaza el centro político mexicano. Para que lo hiciera, la oposición tendría que construir una narrativa nacional propia de seguridad, no solamente repetir la narrativa estadounidense. Tendría que decir cómo proteger a la gente sin entregar soberanía; cómo enfrentar al crimen sin convertir a México en un enfrentamiento armado continuo; cómo recuperar territorios sin abandonar la agenda social.

Hasta ahora, no lo ha logrado.

La elección de 2027 en México será, por eso, una prueba distinta a las de Colombia o Perú. No será solamente un plebiscito sobre la seguridad. Será una disputa por el sentido de nación. Morena intentará convertirla en defensa de la transformación frente a la injerencia, los privilegios y el regreso al pasado. La oposición intentará convertirla en castigo al desgaste, a la inseguridad y al exceso de poder.

La pregunta es quién tendrá una narrativa más completa, más creíble.

La pregunta de 2027 no será si la izquierda mexicana puede sobrevivir a la ola regional de derechas. La pregunta real será si puede seguir siendo algo más grande que una izquierda , una narrativa nacional capaz de contener el miedo, que el pueblo comienza a normalizar en el país.

Porque la política continental ya cambió.

La gente no vota únicamente por ideología. Vota por protección. Vota por pertenencia. Vota por una explicación de su miedo. Vota por alguien que le diga quién tiene la culpa, quién puede hacerse cargo, y quién no va a soltarle la mano cuando todo parezca desordenarse.

La izquierda pierde cuando no sabe hacerse cargo del miedo. La derecha avanza cuando convierte el miedo en mandato.

En México, Morena resiste, porque su izquierda no se presenta solamente como izquierda, se presenta como nación. Esa es la clave.

Mientras en Sudamérica muchas izquierdas quedaron atrapadas defendiendo gobiernos, en México, Morena sigue defendiendo una identidad. Mientras otras izquierdas discuten programas, Morena administra pertenencia. Mientras otras izquierdas pierden el relato del orden, Morena fusiona bienestar, soberanía y autoridad política bajo una misma bandera.

La elección de 2027 en México no preguntará solamente si Morena puede ganar otra vez. Preguntará algo más profundo, si la izquierda mexicana todavía puede ordenar el miedo sin traicionar su promesa original; si puede defender la soberanía sin usarla como refugio; si puede enfrentar al crimen sin entregar el país a la lógica de la guerra; si puede seguir siendo pueblo, cuando también es poder.

Ahí estará la verdadera prueba.

En América Latina, la derecha ya encontró su fórmula: seguridad, castigo y enemigo.

En Estados Unidos, Trump ya eligió a sus villanos: migrantes, cárteles y gobiernos que no se someten.

En México, Morena responde con soberanía, pueblo y continuidad de la transformación.

Pero el desenlace no dependerá de quién grite más fuerte. Dependerá de quién logre hacer algo mucho más difícil, darle orden al miedo, sin convertirlo en odio; darle seguridad al pueblo, sin entregar la soberanía ni las libertades civiles; y darle futuro a una sociedad que ya no quiere discursos perfectos, quiere certezas tangibles.

Porque al final, la izquierda no está perdiendo terreno en el continente por falta de causas.

Lo está perdiendo porque otros aprendieron a hablarle al miedo mejor que ella.