Por: Luis Duque

En política todos hablan de unidad. Pocos están dispuestos a pagar el costo de construirla.
El año pasado participé en un esfuerzo serio, no retórico, real para convocar una gran consulta de partidos que ordenara la competencia y evitara la dispersión del voto alternativo al gobierno. Hubo reuniones, fórmulas, puentes tendidos y concesiones estudiadas. No era romanticismo. Era matemática electoral: fragmentados competimos por vanidad; unidos competimos por poder.
En ese intento hubo un actor que merece reconocimiento: la casa Gaviria. Pusieron experiencia y mediación al servicio del consenso; abrieron puertas, sentaron a quienes no querían sentarse e intentaron componer lo irreconciliable. Por eso desconcierta que hoy inviten a su militancia a no participar en la consulta. Quien promovió la unidad no puede apartarse del único instrumento que quedó para construirla.
Pero cuando los egos y los acuerdos parlamentarios incumplidos en las elecciones de las mesas directivas del Congreso y de la Corte Constitucional detonaron la ruptura, ni la experiencia ni la hospitalidad política alcanzaron para contener el incendio. Porque a veces el problema no es la falta de mesa; es la falta de grandeza alrededor de ella.
Muchos precandidatos esperaron magnanimidad. Ocurrió lo contrario. La consulta grande se incendió antes de nacer. Lo que quedó fue una versión más pequeña, menos ambiciosa, pero todavía necesaria.
En ese contexto, hay que reconocer la coherencia estratégica de David Luna. Entendió que no se trataba de partidos ni de candidaturas. Se trataba del país. Persistente cuando era más fácil bajarse del barco. Metódico cuando otros especulaban. Arquitecto de una consulta que, aun incompleta, terminó siendo el único mecanismo serio para ordenar el escenario.
A pesar de no liderar encuestas, decidió no obsesionarse con ellas. Fue el primero en destacar públicamente las cualidades de sus competidores. Y en la última semana convirtió sus redes en un espacio de reconocimiento hacia quienes disputaban con él. No atacó. No fracturó. Construyó. Eso no es ingenuidad. Es liderazgo.
Ahora, lo incómodo.
Abelardo de la Espriella decidió no participar alegando casi cinco millones de firmas y sondeos digitales que lo mostraban como el único capaz de derrotar a Cepeda. Ese “mandato popular” fue su argumento.
Pero las firmas no fueron validadas por la Registraduría. Y las encuestas, según quién las haga y quién las pague, hoy dicen algo distinto. La política no se gana por proclamación. Se gana compitiendo.
Algo similar ocurrió con Sergio Fajardo. Durante años ha cultivado la idea de que la política rara vez está a su altura moral. Tras derrotas anteriores insinuó que su ciclo había terminado. Luego, después de ver ballenas en el Pacífico colombiano, volvió.
Pero la política no es un pedestal ético. Es construcción de mayorías. Y quien evita competir cuando el escenario no es perfecto termina debilitando su propio relato.
Si Abelardo y Fajardo hubieran participado, hoy no estarían hablando de primeras vueltas hipotéticas sino de la arquitectura real de una segunda vuelta ganable. La consulta no era un obstáculo; era un acelerador. Rehusarse a competir allí fue apostar a la ilusión de fuerza propia en lugar de construir fuerza colectiva.
La Gran Consulta por Colombia, imperfecta, sí; más estrecha de lo que soñamos, también, es hoy el único mecanismo real que ordena el espectro alternativo, canaliza la inconformidad y convierte dispersión en posibilidad de mayoría. No es un trámite electoral. Es un punto de partida.
Y el 8 de marzo no se elige solo un nombre en el tarjetón. Se elige carácter frente a la incertidumbre. Firmeza frente al desorden. Capacidad de convocar más allá de las etiquetas.
Y ahí es donde quiero detenerme.
No había tratado personalmente a Paloma Valencia hasta octubre del año pasado. Fue un amigo, no uribista, quien me pidió escucharla y darle una lectura fría del escenario político. Lo hice con distancia profesional. Sin compromiso previo. Sin militancia emocional.
La escuché. La observé. La contradije.
Y encontré algo poco frecuente: convicción ideológica combinada con capacidad real de escuchar. No es impulsiva. Estudia. Estructura. Argumenta. Puede sostener posiciones impopulares cuando lo cómodo sería callar. Entiende el poder como responsabilidad, no como tribuna.
Este año decidí embarcarme con ella. No por afinidad automática. Por lectura estratégica. Porque entendí que su fortaleza no es solo la firmeza. Es su capacidad de convocar más allá de la derecha.
Convoca a quienes creen que el país necesita orden, sin importar su etiqueta partidista. A empresarios preocupados por la inseguridad jurídica. A trabajadores que temen perder estabilidad. A madres que sienten que la autoridad se diluye. A jóvenes que quieren reglas claras para progresar.
Orden sin histeria. Firmeza sin estridencia. Corazón sin populismo.
Tiene carácter para enfrentar y capacidad para sumar. No gobierna desde el resentimiento, sino desde la convicción.
La consulta que pudo ser más grande no lo fue por egos y cuentas pendientes. La que hoy existe, aun con sus límites, es la oportunidad real de ordenar el tablero.
Llevo veinte años trabajando en política en Colombia. He ganado y he perdido. Con casi todos los candidatos en esta contienda he conversado sobre el país, sobre elecciones y sobre ellos mismos. Con algunos tengo mayor afinidad ideológica. Con otros, respeto profesional. Pero los conozco. Sé de qué están hechos.
Por eso mi postura no nace del fanatismo. Nace de la experiencia.
Mi mamá me repetía algo que en política cuesta aplicar: “Hay que volar más alto, que rugir más duro”. Gritar es fácil. Descalificar es sencillo. Construir mayorías con carácter y serenidad es lo difícil.
El 8 de marzo no gana quien se cree más fuerte. Gana quien tiene la altura para gobernar.
Yo ya tomé posición. No desde el ruido. Desde la altura.

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