La generación millennial y las clases acomodadas anticipan una decepción, más que un rechazo frontal, con el sistema democrático.
Textos de otros.
La evaluación de la democracia se instala así en la ambigüedad más que en el rechazo visceral. Los protagonistas del desencanto son más bien jóvenes y de escaso poder adquisitivo. Ambos grupos muestran una probabilidad sustancialmente menor de mantener una preferencia nítida por la democracia que sus contrapartes mayores y en mejor situación económica.
Estas caídas son particularmente alarmantes porque alberga la capacidad de cambiar el punto de encuentro entre oferta y demanda electoral. Las élites económicas cuentan con una mayor capacidad de marcar la agenda y dar forma al futuro de nuestras instituciones. De moldear, en definitiva, la oferta política. Por su parte, los que hoy son jóvenes mañana se convertirán en el centro de la demanda, decidiendo con sus votos si desean un modelo alternativo al de la democracia pluralista.
Las opiniones de quienes se están desencantando de la democracia nos las podemos figurar: respetan menos esas mismas instituciones, sobre todo los partidos políticos, ven más corruptos entre los líderes que el resto de ciudadanos, y cargan con un cierto sesgo autoritario, conservador.Pero aunque los críticos con la democracia nacidos después de 1980 mantienen todos estos rasgos, hay otros que son menos prominentes entre ellos, y que ponen en cuestión algunos mitos.

Pero quizás lo que está pasando es algo menos espectacular, pero potencialmente igual de peligroso. El descontento por la falta de respuesta del sistema a demandas no incorporadas siempre ha estado presente en Latinoamérica, un continente donde el presidencialismo elitista y la desigualdad produjeron democracias poco inclusivas, de acceso restringido. Esta pulsión no ha desaparecido, pero quizás se le ha añadido otra, aparentemente contradictoria: una suerte de preferencia por el orden sobre el conflicto.El Barómetro de las Américas inquiere a sus entrevistados sobre hasta qué punto están de acuerdo con algo tan básico como otorgarle derecho a voto a aquellos que son críticos con el sistema de gobierno. Esta cuestión permite una medición del grado de tolerancia que cada individuo tiene respecto a la crítica extrema.A ellos es imposible incorporarlos a la alternancia de poder porque sólo aspiran a suprimirla. Pero es el grupo intermedio el que muestra un comportamiento más llamativo y consistente: tibios con la democracia como concepto, y tibios también con el derecho a voto de los críticos extremos. Para una mayoría relativa de latinoamericanos la posibilidad de canalizar el conflicto no es una prioridad. Lo preocupante es, de nuevo, la coincidencia en este patrón entre nuevas generaciones y clases acomodadas.
JORGE GALINDO
La generación millennial y las clases acomodadas anticipan una decepción, más que un rechazo frontal, con el sistema democrático. Textos de otros. La democracia, una vez faro con el que Occidente pretendía iluminar al mundo, está perdiendo adeptos. Y Latinoamérica no es una excepción. No hablamos (solamente) de los líderes autoritarios que florecen en el continente como en el resto del mundo: también de quienes han decidido seguirles en su desapego. El último Latinobarómetro acotaba la extensión

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