El segundo nacimiento de Morena.- Por Sergio Torres Ávila - Campaigns and Elections México

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El segundo nacimiento de Morena.- Por Sergio Torres Ávila

Los movimientos nacen alrededor de un liderazgo; los partidos sobreviven cuando aprenden a vivir sin él. En 2027, Morena enfrentará esa prueba.

Desde hace ya algunas décadas, tenemos la tentación de llamar “histórica” a cada nueva elección federal mexicana. Ya sea por la importancia de los cargos en disputa, por la cantidad de ellos o por la posibilidad de un cambio profundo en las relaciones de poder, el impulso de declarar un parteaguas parece inseparable del propio ejercicio de observar el poder. Como si la cercanía con los acontecimientos nos empujara, inevitablemente, a sobredimensionar su alcance.

A primera vista, las elecciones intermedias de 2027 no parecerían cargar con esa obligación trascendental. La fortaleza del partido oficial y la debilidad opositora no auguran sorpresas mayores. Incluso con 13 gubernaturas de Morena en juego y la renovación total de la Cámara de Diputados, el desenlace parecería previsible: mayoría morenista. La única incógnita es de grado, no de resultado. Mayoría simple o calificada.

Sin embargo, estas elecciones serán inéditas por una razón que podría definir el futuro de Morena en el mediano plazo. Y eso sí marcaría un giro histórico.

De entrada conviene advertirlo: las boletas de 2027 vendrán marcadas por una ausencia, la de AMLO. Será la primera elección federal desde 2018 en la que Morena compita sin su fundador en el poder ni en la boleta. Por primera vez, el partido deberá demostrar que puede sostenerse como sistema y no sólo como una estructura dependiente del liderazgo carismático. Más que una elección intermedia, será el primer examen posfundacional de Morena: la prueba de si la cohesión política puede trasladarse del liderazgo personal a la operación institucional.

Durante más de una década, el crecimiento de Morena estuvo estrechamente vinculado a la figura de Andrés Manuel López Obrador. Su liderazgo no sólo articuló el discurso, sino que ordenó el movimiento, resolvió disputas internas y definió candidaturas con una autoridad difícil de disputar. Ese factor otorgó cohesión, dirección y certidumbre. Morena no era únicamente un partido; era un vehículo político con un centro de gravedad claro. Ese ciclo ha concluido.

La presidenta Sheinbaum mantiene niveles sólidos de aprobación, lo que proporciona estabilidad al proyecto. El gobierno conserva legitimidad social y control institucional suficientes para anticipar un resultado favorable. Pero el desafío ya no es de popularidad, sino de estructura. La pregunta no es si el gobierno es fuerte, sino si el partido puede serlo por sí mismo.

La incógnita adicional es si esa aprobación presidencial logrará traducirse en transferencia efectiva de votos hacia candidaturas legislativas y locales, como ocurrió con López Obrador en 2018, 2021 y 2024. Con AMLO, el efecto arrastre fue notorio. 2027 mostrará si ese mecanismo fue producto de una cualidad personal o si ya forma parte de la capacidad competitiva de la estructura partidista.

La historia electoral mexicana ofrece otro elemento relevante, las elecciones intermedias suelen implicar un desgaste natural para el partido en el gobierno. Son el primer momento en que el voto deja de ser entusiasmo y se convierte en evaluación. Mantener mayorías simples es posible; sostener mayorías calificadas es otra historia. Incluso en contextos de alta popularidad presidencial, el electorado tiende a distribuir el poder cuando percibe concentración excesiva.

Hoy es imposible afirmar si Morena logrará completar su transición. Ya son visibles tensiones entre grupos internos, disputas territoriales, negociaciones con aliados como el Partido Verde y el Partido del Trabajo. Nada de ello es excepcional. Obviamente, las diferencias en torno a la reforma electoral traerán para Morena un saldo político que tendrá que asumir. De cómo se procese la reforma y se distribuyan sus costos o beneficios dependerá, en buena medida, la estabilidad futura de la coalición.

El verdadero riesgo no es la existencia de esas fricciones, sino la capacidad para procesarlas. La historia ofrece precedentes claros. El peronismo argentino sobrevivió a la salida de su fundador, Juan Domingo Perón; el chavismo venezolano se sostuvo tras la muerte de Hugo Chávez apoyado en el control institucional; el PRI, después de Lázaro Cárdenas, consolidó un modelo en el que el liderazgo individual era intercambiable dentro de una maquinaria estable. En todos estos casos, el punto crítico fue el mismo: la transición del liderazgo personal al funcionamiento institucional.

En 2027 Morena entra en esa fase. Lo que estará en juego no es únicamente el número de gubernaturas o el tipo de mayoría legislativa. Estará en juego su capacidad para actuar como un sistema que no depende de una sola figura para ordenar decisiones, resolver conflictos y proyectar continuidad. Mientras el partido fue un movimiento en expansión, la cohesión se explicaba por el crecimiento. Ahora el incentivo dominante es distribuir poder. Esa es una prueba distinta.

También será una elección en la que gobernadores, legisladores y liderazgos regionales serán evaluados por su propio desempeño, no por la fuerza de arrastre de AMLO. El resultado reflejará no sólo la aprobación del gobierno federal, sino la calidad de su operación territorial y su capacidad de mantener alineada una coalición diversa.

La oposición, por su parte, parece observar el proceso sin una estrategia clara para capitalizar posibles desgastes. Más que disputar el momento, lo contempla. Y en política, los vacíos se llenan.

Ante este escenario, Morena no necesita estudiar a Perón o a Chávez, sino revisar la historia del PRI, recordando que el sistema colapsó cuando perdió la capacidad de reproducir el poder más allá de sus líderes individuales. El partido oficial de hoy enfrenta un desafío similar: demostrar que puede multiplicar el poder más allá de sus figuras protagónicas.

Entonces sí, 2027 será una elección histórica porque revelará si el partido gobernante ha logrado completar su transición: de movimiento a estructura. Morena no se juega únicamente posiciones; se juega su continuidad.

Ya no más apelar a la paternidad de una leyenda, sino asumir la autonomía de quien se sostiene por sí mismo. 2027 marcará, o el segundo nacimiento del sistema político que hoy gobierna México, o el momento en que el nuevo régimen, en ausencia del padre fundador, descubra que el carisma no se hereda.