Por Valeria Dimas
Uno de los empleos de moda y más rentables de los últimos años son los influencers, quienes pueden llegar a facturar millones de pesos por su contenido, pero a costa de sacrificar su opinión según el interés de sus patrocinadores, sin embargo, Alan Estrada, mejor conocido como Alan x el mundo, encontró un modelo de negocio que le permite ser rentable sin necesidad de “prostituir” su opinión.
Alan fue el conferencista principal en la última edición del Cities Branding Summit que organizó Campaigns and Elections y Los Spin Doctors, donde compartió el origen de su interés por los viajes y cómo se convirtió en su modo de vida.

Desde sus primeros viajes, especialmente en Asia, Alan experimentó un profundo choque con la realidad que le permitió abrir los ojos y descubrir un mundo mucho más complejo y enriquecedor de lo que había imaginado.
Su primera aventura significativa fue un mochilazo por India, Tailandia y Camboya que empezó en 2004, junto con una amiga argentina. Este viaje fue su paso de verlo todo desde la distancia a experimentarlo en carne propia, con sus altas y bajas, pero con la curiosidad siempre presente. Al llegar a Londres, donde hicieron escala, estuvo sólo 16 horas, maravillándose con todo, desde los semáforos hasta el ambiente urbano, pero la verdadera experiencia transformadora vino al aterrizar en Nueva Delhi, India. Sin reservas ni planes concretos, se enfrentaron a un ambiente caótico, incluido un hospital donde su amiga tuvo un accidente serio con una botella de vino en el avión, lo que los obligó a atender esa emergencia en condiciones precarias. La cultura, las tradiciones, los animales en las calles, la comida y los olores fueron para Alan una mezcla desconcertante que al principio le causaba miedo, rechazo y desconcierto. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a comprender y enamorarse de esa compleja realidad. Descubrió en las preguntas constantes y la curiosidad infantil la forma de ir abriéndose paso para entender las razones detrás de tantas diferencias culturales: desde su religiosidad hasta costumbres diarias, lo que despertó una sed insaciable por aprender y explorar más allá de sus nociones previas. Fue un viaje no sólo en el sentido geográfico, sino también interior y emocional que cambió su perspectiva de la vida y del mundo.
Esta experiencia fue también el punto de partida para su carrera como creador de contenido de viajes. Sin embargo, Alan pronto se enfrentó a un dilema común en los influencers: la presión de los patrocinios para hablar bien de todo, a veces en contra de la realidad o su opinión personal. Para evitar comprometer su autenticidad, diseñó un modelo de negocio innovador y honesto que, afirma, le ha funcionado muy bien.
Alan explica que, desde el inicio de su carrera, decidió que no aceptaría dinero directo de oficinas de turismo para hacer sus videos, porque sabía que eso podría comprometer la honestidad con la que relata sus experiencias. En vez de eso, trabaja bajo un modelo de invitación: las oficinas de turismo lo invitan a conocer sus destinos y cubren solamente el 30% del costo.
Además de estas invitaciones oficiales, pacta relaciones comerciales con marcas que están relacionadas indirectamente con las oficinas de turismo, como empresas de equipamiento para viajes, tecnología, ropa o gastronomía. Con estas marcas, desarrolla colaboraciones que le permiten financiar buena parte de sus gastos sin caer en compromisos con los destinos, lo que es fundamental para que pueda hablar sin censura, expresar lo que le gusta y lo que no, además de mostrar la realidad sin tener que maquillar la información para agradar a un patrocinador.

Este modelo parece estar inspirado en su experiencia, pues a él no le gusta dar consejos de viaje al reconocer que cada persona es diferente y que lo que a él le funciona puede no funcionar para otros. En lugar de eso, ofrece reflexiones y aprendizajes, que plasmó en su libro “Viajar cambiará tu vida,” donde expuso las lecciones personales que ha extraído a lo largo de su vida como viajero.
Su manera de manejarse le ha permitido construir una reputación sólida y ganar la confianza de su audiencia, porque su contenido se percibe como honesto y cercano, lejos de la sobreexposición comercial y el contenido “fabricado” típico que abunda con los influencers en la actualidad. Reconoce que muchos creadores aceptan ese dinero directo y, aunque no juzga esa decisión, él prefiere mantener su integridad para no sentirse obligado a “vender” una imagen o dar una opinión que no es sincera.
Alan también destaca que este esquema no es sencillo ni está exento de sacrificios. Gran parte de sus viajes los financia personalmente, lo que implica un compromiso financiero alto y constante. Sin embargo, entiende estos gastos como una inversión en su carrera y en su marca personal, porque valoriza la independencia que le da para crear contenido auténtico, inspirador y real que finalmente se ve reflejado en su amplia audiencia, especialmente en YouTube, su plataforma principal que cuenta con 3.79 millones de suscriptores y más de 670 millones de vistas en total.
Frente a la posibilidad de convertirse en «imagen» para una oficina de turismo o marca, Alan dice que lo ha hecho en ocasiones, como campañas puntuales que le encantaron y en las que se sintió cómodo, pero distingue claramente entre usar su imagen para promover algo y aceptar dinero para generar contenido que pueda sesgar la verdad.
Aprovechó para reflexionar sobre la presión que sienten muchos influencers para responder siempre de manera positiva a sus patrocinadores, lo que puede generar un compromiso silencioso para evitar críticas o mostrar un lado negativo. En contraste, él apuesta por una filosofía de transparencia y respeto hacia su público, generando contenido con la convicción de que la verdad, el contexto y la experiencia real son lo que realmente conecta con la gente y la inspira a salir a conocer el mundo.
Este enfoque, aunque más difícil y menos convencional, es el que ha sostenido su éxito y crecimiento constante, demostrando que es posible construir una carrera rentable y auténtica en las redes sociales sin ceder el control sobre la propia voz ni comprometer los valores personales, especialmente en algo tan importante como lo son los viajes.

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