Gran parte del éxito de Pedro Sánchez se basa en su capacidad natural de unificar por oposición. Poniendo de acuerdo a grupos distintos sobre lo que no quieren. En estrategia política, a esta técnica se la conoce como identidad negativa. Una hegemonía del no que es, de largo, su zona de confort estratégica.
El “No es no” como base fundacional en el 2016 no fue sólo un lema, sino también una herramienta eficaz para unificar a la militancia contra el establishment de su propio partido. Al decir no a Mariano Rajoy, Sánchez agrupó a las bases socialistas bajo una identidad de resistencia.
España siempre está más empatada de lo que dicen
En la moción de censura del 2018, sintetizando mucho, el no logró también que partidos que casi no se hablaban entre sí como el PNV o Bildu o ERC y PDCAT (luego Junts), votaran unidos. El no funcionó como el pegamento más fuerte e inmediato.

Más allá del superglue del no ha habido, por supuesto, notables momentos de unificar en el sí durante estos casi ocho años de presidencia. Hubo síes al Congreso, políticas públicas, competencias. Pero muchas de estas unificaciones en positivo, al carecer de didáctica estratégica en el sí, como la reforma laboral, se lograron en esencia bajo la presión de que, si no salían, el Gobierno caería. Volviendo tácticamente de nuevo al miedo al no que simboliza la derecha. El no ha sido, por tanto, un ejercicio de maestría en la gestión de la resistencia y tiene un porqué que explicaremos. Y ha vuelto de manera innata con el “No a la guerra” del 2026. El problema actual es que ese no ya no será suficiente para que PP y Vox no sumen mayoría absoluta. En estos tiempos de futuro terror, la izquierda no es más fuerte solo porque tenga un muro enfrente. Al presidente le ha llegado el momento de construir un puente donde todos sus socios pisen a la vez. Unificando a la mayoría transversal, plurinacional y periférica en un programa común, formal o informal, sustentado en el sí. No es nada fácil. Pero esa es la misión en el silencio electoral que comenzará tras las elecciones de Andalucía hasta las generales de julio del 2027. Veremos con qué coches, ingenieros y pilotos.
Y es que España vive, desde el año 2015, una lenta y sostenida inclinación electoral hacia la derecha. La izquierda entonces hizo su peak al obtener 900.000 votos más que la derecha, mientras que, en la repetición del año 2016, tan solo seis meses después, fue la derecha quien obtuvo 500.000 votos de más. El quietismo del PP sirvió para este volteo electoral, en aras de la estabilidad. La abstención de aquel PSOE caoba hizo posible aquella corta legislatura de Rajoy, además del alumbrar el izquierdista “No es no”. Paradojas de este país tan fascinante. Para con un Congreso, el del 2016, más derechizado en votos que el del 2015, aprobar una censura al último presidente que ha tenido la derecha española con el objetivo puesto en la estabilización de la España plurinacional que no se ha dado no solo por Aliança Catalana sino también por fenómenos como Ernai en Euskadi. En abril y noviembre del 2019, ganó Sánchez y, sin embargo, la derecha sacó una ventaja de entre 200.000 y 500.000 votos a la izquierda. Con aquellos mimbres, se hizo el Gobierno de coalición vigente, no lo olvide nadie.
En las últimas generales de julio del 2023, ganó Feijóo, y la diferencia entre derecha e izquierda fue de 350.000 electores. No estamos comparando elecciones a partir del análisis del voto sobre censo, sino en votos absolutos entre bloques, izquierda y derecha, sin contar las formaciones nacionalistas, y eso, al margen de la participación, para poner el foco en el desenfoque que supone el concepto de derechización. Pues España siempre está más empatada de lo que les dicen.
Hoy esta diferencia entre bloques se acercaría a los dos millones de votos a favor de la derecha, que podría menguar finalmente al millón, es cierto, pero siempre a la espera de la movilización del lado izquierdo en el fuego real. No hay tampoco una derechización atroz ni sobrevenida por los efectos de los caucus de la derecha, sino una lenta inclinación sostenida en el tiempo con un ejercicio de resistencia desde hace 10 años. Y solo con la movilización de ese millón largo de votantes de izquierdas, que es el nuevo unicornio, no da. Sánchez deberá unificar en el sí edificando una nueva mayoría mientras empata en economía ante una potencial crisis económica en un contexto de guerra que puede ser perpetua. Unificar en el sí tiene un nombre: mi querida España plurinacional.

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