
María Teresa Ealy forma parte de los políticos que han encontrado en la Cuarta Transformación un espacio para replantear las bases del ejercicio público, el cual debe ser practicado con honestidad, utilidad y humanidad. Por eso, su visión se centra en la justicia social, la apertura de derechos y la oportunidad histórica de construir instituciones que respondan, de verdad, a quienes han sido ignorados por décadas.
Vislumbra un periodo de continuidad y consolidación en el país, con reformas estructurales que han profundizado la justicia social. Para ella, México avanza hacia un modelo más participativo y de territorio, a la par de un fortalecimiento de la democracia y la impartición de justicia.
Asegura que la transformación no es discurso, es un proceso vivo que se sostiene con trabajo cotidiano y responsabilidad social. “Ser legisladora es tener la posibilidad de convertir su lucha en ley y su esperanza en derechos. Y eso es un privilegio que asumo con absoluta responsabilidad”, comparte con Campaigns and Elections.
- ¿Qué es lo que más te apasiona de ser legisladora?
Lo que realmente me apasiona es saber que cada decisión que tomamos en la Cámara de Diputados puede transformar la vida de millones de personas. No legislo para llenar discursos: legislo para abrir oportunidades, para derribar desigualdades que llevan décadas lastimando a este país, para hacer justicia donde siempre hubo silencio. Saber que una ley puede cambiar un destino es lo que me mueve todos los días.
También me impulsa abrir puertas para las mujeres. Para las que quieren entrar a la vida pública, para las que buscan justicia, para las que han tenido que levantar la voz en un país que muchas veces les ha pedido callar. Ser legisladora es tener la posibilidad de convertir su lucha en ley y su esperanza en derechos. Y eso es un privilegio que asumo con absoluta responsabilidad.
Pero lo que más me enciende es demostrar que la política sí puede ser diferente: honesta, humana y útil. Cuando una mujer se me acerca y me dice que una reforma que impulsamos le devolvió tranquilidad, seguridad o dignidad, ahí entiendo que este esfuerzo vale la pena. Ahí es donde el trabajo deja de ser tarea y se convierte en convicción. Ahí es donde recuerdo por qué estoy aquí: para transformar, para incomodar lo que debe cambiar y para construir un México que no deje a nadie atrás.
- ¿Cómo afrontar el reto de ser legislador/a en una sociedad donde la mayoría desconoce con claridad las funciones o beneficios que trae a su vida diaria el trabajo legislativo?
Lo primero es decirlo sin rodeos: sí existe una brecha entre la ciudadanía y el Congreso, una distancia construida por años de tecnicismos, opacidad y una política que no siempre habló con la gente, sino encima de ella. Para muchas personas, el trabajo legislativo parece algo lejano, abstracto o irrelevante para su vida diaria. Y es nuestra responsabilidad cerrar esa distancia.
Yo enfrento ese reto en el territorio, no desde un escritorio. Recorro colonias, mercados, unidades habitacionales y espacios comunitarios —incluida la Miguel Hidalgo, donde trabajo de manera cercana y permanente con vecinas y vecinos— porque la representación no se ejerce sólo en el Pleno, se ejerce escuchando.
Mi trabajo legislativo no se queda en una sesión o en un dictamen, va acompañado de explicaciones claras, de diálogo directo y de puertas abiertas para que la gente sepa qué se discute, por qué importa y cómo puede involucrarse. La transformación no ocurre cuando se aprueba una ley; ocurre cuando las personas sienten que esas decisiones se hicieron para ellas y con ellas.
La Cuarta Transformación nos enseñó justo eso, gobernar escuchando, legislando de frente, sin intermediarios y sin miedo a rendir cuentas. Ese es el compromiso que asumo todos los días.
- ¿Cómo haces para comunicar esas acciones y que llegue el mensaje a la ciudadanía?
Comunicando sin tecnicismos, sin rodeos y sin soberbia política. Hablo con la gente como debe hablar una representante: claro, directo y de frente. Mis redes sociales son una herramienta clave para explicar cada iniciativa con un lenguaje accesible, útil y entendible para todas y todos. Pero no me quedo ahí, también recorro el territorio, organizo asambleas, escucho en los mercados, en las colonias y en cada encuentro donde puedo responder dudas y recibir propuestas.
Porque comunicar no es sólo informar, es dialogar, es rendir cuentas y es construir confianza.
La comunicación pública tiene que ser honesta, transparente y humana. No basta con legislar bien, hay que demostrarlo con hechos, con datos y con presencia. Cuando la ciudadanía entiende qué estamos haciendo, por qué lo hacemos y cómo puede involucrarse, entonces se apropia de los cambios y se convierte en protagonista de la transformación.
Ese es el objetivo, una comunicación que no sea un discurso, sino un puente.
- Desde la perspectiva legislativa, ¿cómo describirías el primer año del gobierno de Claudia Sheinbaum?
Ha sido un año de continuidad, sí, pero también de consolidación. Un año en el que la transformación no solo siguió su curso, se institucionalizó, se ordenó y se convirtió en política de Estado. El proyecto que nació hace más de seis años hoy tiene dirección, profundidad y un sello claro: el compromiso inquebrantable con la justicia social.
La presidenta Claudia Sheinbaum entendió algo que la historia confirma una y otra vez: México no puede permitirse retrocesos. Por eso, su gobierno ha defendido lo alcanzado, ha corregido con responsabilidad donde hacía falta y ha ampliado derechos para quienes, por décadas, quedaron fuera de las prioridades nacionales.
Desde el Congreso hemos respaldado un gobierno que pone en el centro a quienes siempre cargaron con el rezago: las personas adultas mayores, las juventudes, las mujeres, las familias trabajadoras. Este no es un gobierno de ocurrencias, es un gobierno que planea, que escucha y que gobierna con datos, estrategia y sensibilidad social.
Hoy México tiene rumbo. Tiene disciplina. Tiene visión. Y, sobre todo, tiene una convicción firme: avanzar hacia un país más seguro, más igualitario y justo.
La transformación se siente en las calles, en los programas, en los nuevos derechos, en la recuperación de la confianza ciudadana y en la esperanza real —no discursiva— de millones de personas.
Y lo más importante: esto apenas comienza.
- En tu opinión, ¿cuál ha sido la reforma más relevante impulsada durante esta administración y por qué?
La reforma judicial es, sin duda, una de las más trascendentales de esta década porque toca el corazón de lo que por años fue una deuda histórica, el acceso real a la justicia. No busca maquillar estructuras ni cambiar nombres; busca romper con un sistema que durante décadas funcionó para unos pocos y darle a la ciudadanía un Poder Judicial verdaderamente accesible, imparcial y cercano.
Esta reforma responde al espíritu más profundo de la Cuarta Transformación: cerrar la puerta a la corrupción, impedir la captura de las instituciones y garantizar que ninguna élite vuelva a manipular la justicia en su beneficio.
Pero también abre un camino que debemos transitar con claridad, convertir esta transformación en una reforma con perspectiva feminista. No podemos hablar de justicia real si las mujeres siguen enfrentando barreras para denunciar, si la violencia de género continúa normalizándose en los tribunales o si las instituciones siguen sin responder con la urgencia necesaria.
Una reforma judicial que no coloque a las mujeres al centro estaría incompleta.
Por eso, el reto —y la obligación— es garantizar que esta reestructuración no solo modernice al Poder Judicial, sino que incorpore de manera explícita la igualdad sustantiva, la protección efectiva y el acceso pleno a los derechos de todas las mujeres.
Solo así la justicia dejará de ser un ideal pendiente y se convertirá, por fin, en una realidad palpable para todas y todos.

- ¿Consideras que las reformas propuestas en materia electoral y judicial fortalecen o debilitan la democracia mexicana?
Las reformas electorales y judiciales deben evaluarse con un criterio muy claro, si amplían la participación, fortalecen los contrapesos y garantizan justicia para todas y todos, entonces fortalecen la democracia; si no, la debilitan.
En México, las mujeres hemos avanzado gracias a instituciones que han protegido nuestra representación política, han vigilado la paridad y han acompañado denuncias de violencia política de género. Cualquier reforma que reduzca esas garantías o limite la autonomía de las instituciones electorales y judiciales representa un riesgo real para la igualdad sustantiva.
Por el contrario, si las reformas permiten construir instituciones más transparentes, profesionales, independientes del poder político y comprometidas con la perspectiva de género, entonces pueden convertirse en una oportunidad histórica para profundizar la vida democrática del país.
Porque la democracia no se sostiene solo con mayorías, se sostiene con derechos, con contrapesos y con la certeza de que ninguna mujer será silenciada por el propio Estado.
- Esta misma reforma electoral plantea cambios sustantivos para los plurinominales, ¿qué opinas?
La discusión sobre los plurinominales es necesaria porque hoy tenemos una realidad innegable, hay legisladoras y legisladores que usan el cargo como blindaje político, no como un espacio de trabajo para México. Eso traiciona el sentido de la representación y debilita la confianza ciudadana.
Por eso, cualquier reforma debe partir de un principio básico: quien llegue al Congreso debe hacerlo con vocación de servicio, no por fuero ni por conveniencia personal.
Los cambios propuestos en materia de plurinominales abren una oportunidad importante para revisar cómo garantizar una representación más equilibrada y cercana a la ciudadanía. La discusión es valiosa porque nos permite analizar si los mecanismos actuales siguen respondiendo a las necesidades democráticas del país y si pueden ajustarse para ser más eficientes e incluyentes.
Al mismo tiempo, es fundamental que, en cualquier transformación, se preserve el principio de paridad de género y la presencia de voces diversas, especialmente de mujeres que históricamente han encontrado en estos espacios una vía para acceder a la toma de decisiones. Por ello, más que pensar en una reducción o permanencia de los plurinominales, considero prioritario que la reforma se acompañe de criterios claros que fortalezcan la igualdad sustantiva y aseguren que ninguna mujer quede en desventaja. Lo esencial, es que cualquier ajuste contribuya a una democracia más representativa, más justa y cercana a la realidad del país.
- ¿Qué opinas de la reforma contra el nepotismo y de que ya no exista reelección inmediata?
La reforma contra el nepotismo era indispensable. Durante años vimos cómo cargos públicos se heredaban como si fueran patrimonio familiar, no responsabilidades del Estado. Erradicar esas prácticas no sólo es coherente con la transformación, es una obligación ética. El servicio público debe ocuparlo quien tenga capacidad y compromiso, no quien tenga apellidos o conexiones.
Sobre la no reelección inmediata, es una medida que ayuda a devolverle sentido a los cargos públicos. Un puesto no es un premio vitalicio ni una plataforma para perpetuarse; es una responsabilidad temporal para servir al pueblo. La renovación de liderazgos obliga a que cada legislador o servidor público trabaje con resultados reales, no confiando en la inercia de la reelección.
Por ello, ambas reformas mandan un mensaje claro: el poder no es un privilegio, es un encargo; y debe ejercerse con honestidad, austeridad y vocación de servicio, principios que sostienen a la Cuarta Transformación.
- En materia de seguridad y justicia, ¿qué reformas consideras urgentes o pendientes para mejorar la situación del país?
México necesita una reforma integral que transforme de raíz el sistema de seguridad y justicia. Lo urgente no es sólo reaccionar ante el delito, sino prevenirlo con instituciones sólidas, profesionales y realmente coordinadas.
Primero, necesitamos fortalecer a las policías locales con mejores salarios, capacitación continua y controles de confianza estrictos. Una policía dignificada y profesional es el primer eslabón para recuperar la seguridad en los territorios.
Segundo, urge modernizar el sistema de procuración de justicia: fiscalías que sí investiguen, que sí prioricen evidencia científica, y que sí respondan a la ciudadanía. Hoy la impunidad es el mayor incentivo para que el crimen avance.
Tercero, es indispensable mejorar la coordinación entre municipios, estados y federación. El crimen no respeta fronteras; nuestras instituciones tampoco deberían operar aisladas o duplicando esfuerzos.
Y, finalmente, debemos apostar por la prevención: reconstrucción del tejido social, oportunidades para las y los jóvenes, inversión comunitaria y programas que ataquen las causas del delito, no sólo sus consecuencias.
La seguridad no se construye con discursos; se construye con instituciones fuertes, justicia rápida y un Estado que no deje solos a los ciudadanos. Solo así podremos recuperar la paz en todo el país.
- ¿Qué reformas o iniciativas te gustaría impulsar en los próximos años para fortalecer la democracia y el desarrollo del país?
En los próximos años quiero impulsar una agenda que consolide un Estado más justo, más moderno y verdaderamente democrático. México necesita instituciones que funcionen para todas y todos, no sólo para quienes históricamente han tenido voz.
Primero, promoveré reformas que fortalezcan la transparencia, la digitalización y la rendición de cuentas. La democracia no puede avanzar si las decisiones públicas siguen atrapadas en la opacidad o en la discrecionalidad; tenemos que cerrar definitivamente los espacios a la corrupción y abrir las instituciones a la ciudadanía.
Segundo, impulsaré una transformación profunda del sistema de justicia: procesos más ágiles, operadores capacitados, atención digna a víctimas y mecanismos que garanticen que la impunidad deje de ser la regla. Un país sin justicia no puede hablar de desarrollo.
Tercero, trabajaré para institucionalizar la perspectiva de género en todo el aparato gubernamental: presupuestos, políticas públicas, programas sociales y tribunales. La democracia sólo se fortalece cuando integra plenamente a quienes fueron excluidas, y cuando las mujeres pueden vivir seguras, participar sin violencia y acceder a las mismas oportunidades.
Además, quiero avanzar en educación cívica, pensamiento crítico y acceso libre a información veraz. Una ciudadanía informada es la base de cualquier democracia sólida.
Finalmente, impulsaré iniciativas para ampliar derechos, fortalecer el Estado social y garantizar oportunidades reales para jóvenes, mujeres trabajadoras, familias y comunidades que han sido históricamente olvidadas. El desarrollo del país depende de que nadie se quede atrás.
- ¿Consideras que el país avanza hacia un modelo más participativo o más centralizado de toma de decisiones?
México avanza hacia un modelo cada vez más participativo. La 4T cambió una lógica histórica: antes las decisiones se tomaban entre unos cuantos; hoy se construyen con la ciudadanía, en territorio, con consultas, con diálogo y con procesos donde la gente tiene voz real.
Fortalecer al Estado no implica concentrar el poder, implica hacerlo más eficiente, más transparente y más responsable frente a la sociedad. Un Estado fuerte no es uno que decide solo, sino uno que escucha, que corrige y que rinde cuentas.
Hoy las políticas públicas, las grandes reformas y los proyectos nacionales se discuten abiertamente, se socializan y se acompañan de participación comunitaria. Es un giro profundo: dejamos atrás el modelo vertical del viejo régimen y avanzamos hacia una democracia donde el pueblo no es espectador, sino protagonista. Y ese es un cambio profundo.
- ¿Cómo evalúas la percepción ciudadana con la implementación de las reformas hasta ahora?
La ciudadanía percibe que las reformas de esta administración tienen una intención transparente: combatir la corrupción de raíz, cerrar brechas que lastimaban al país y poner al centro a quienes antes no eran vistos ni escuchados. Esa coherencia entre lo que se dice y lo que se hace ha recuperado la confianza de la gente.
Las personas valoran que estas reformas toquen lo importante: justicia, bienestar, seguridad, derechos sociales y un Estado que actúa con honestidad. Claro que siempre habrá debate —y es sano—, pero hay algo que es innegable: la transformación devolvió la esperanza de que un país más justo no sólo es posible, está sucediendo. La gente lo siente en su vida diaria, lo reconoce en los cambios y lo defiende porque sabe que este proyecto nació del pueblo y sigue siendo para el pueblo.
Y para mí, ese respaldo, esa confianza cotidiana, es el motor más grande para seguir sirviendo. Seguir poniendo el corazón, la convicción y el trabajo donde más se necesita. Porque la transformación no es un destino: es un compromiso que se honra todos los días.
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